A veces pienso… (por Miguel Villalba Gómez)


Cuando escuchamos la palabra “maltrato” la inmensa mayoría de la Sociedad, afortunadamente se echa las manos a la cabeza y muestra su repulsa.

Cada vez más hay una mayor concienciación con este tema, y esto es un gran avance para nuestra Sociedad. A pesar de ello es difícil acabar con una lacra que enturbia eso que denominamos dignidad humana. Hablamos de maltrato psicológico, de maltrato físico.

Cualquier tipo de sometimiento, de ultraje, de humillación, provocación de dolor, cualquier tipo de tortura provoca el rechazo masivo de las personas.

Repito, afortunadamente.

Es bastante habitual escuchar aquello de que “las comparaciones son odiosas”. Puede ser. Quizá no nos interese.

Pero en este caso creo necesario hablar de este primer aspecto para poder entender lo quiero decir con el tema que planteo hoy.

Me refiero a la incongruencia que caracteriza al ser humano. Como tales somos seres contradictorios. Lo que en un contexto determinado nos parece que unos hechos pueden ser de lo más deleznable, en otros sin embargo lo calificamos como cultura. Como decía antes, todo depende de según como se mire, todo depende cantaba Jarabe de Palo.

Nos impacta,  y no poco,  ser testigos de imágenes de perros enjaulados, maltratados cuyo destino es el comercio de las pieles en China o el consumo de su carne. También con esto nos echamos las manos a la cabeza. O la noticia de un perro olvidado en el maletero de un coche mientras su dueño realiza la compra.

Pero el contrasentido llega cuando de repente cambiamos de sujetos y aquello que nos hace dignos como raza humana nos convierte como decía antes en seres inchorentes. El dolor y el sufrimiento se convierte en arte, la humillación y la agonía entonces se concibe como cultura.

La sangre entonces es bella y el dolor  inexistente. Por arte de magia el toro no lo siente.

El bienestar animal ha de abordarse bajo bases científicas verdaderas. La percepción errónea de los animales como seres que no sienten y que por tanto son incapaces de sufrir, hace que se desarrollen actitudes negativas hacia ellos, que se reflejan en conductas de negligencia, crueldad o trato irrespetuoso”.

 

Sófloques  decía: “una mentira nunca vive hasta hacerse vieja”.

Miguel Villalba Gomez

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